Imaginemos un escenario en el que las condiciones económicas actuales se mantienen estables en 2026: la inflación desciende gradualmente pero sigue por encima de la meta de la Reserva Federal, la política monetaria avanza con prudencia y el crecimiento global continúa desacelerándose de manera controlada. Bajo estos equilibrios, la economía del próximo año mostraría un desempeño previsible, aunque no carente de desafíos.
Estados Unidos: crecimiento sostenido, pero con cautela
El consenso de mercado apunta a una probabilidad de recesión en Estados Unidos en torno al 30%, inferior al 40 % de mediados de 2025 y apenas superior al promedio histórico. El PIB estadounidense crecería cerca de un 2,3%, manteniendo un ritmo saludable para una economía madura.
De mantenerse estos equilibrios, el consumo privado seguiría siendo el principal motor, respaldado por una tasa de desempleo alrededor del 4,4%. La estabilidad del empleo permitiría que los hogares mantengan sus patrones de consumo, aunque de manera más prudente debido a la inflación aún por encima del objetivo.
La inflación, aunque elevada, tendería a moderarse hacia finales de 2026. El informe sugiere un nivel de 3,3% a mediados del año y un cierre en torno al 2,9%. Este descenso gradual se explicaría por la normalización de las cadenas de suministro, el desgaste del impacto de los aranceles y la moderación de la demanda global.
La Reserva Federal y el límite del “rescate” fiscal
El equilibrio actual también supone que la Reserva Federal mantendrá su política monetaria prudente. Tras recortar tres veces en 2025 hasta llegar al 3,75 %, el banco central podría pausar hasta mediados de 2026 antes de retomar descensos graduales. Si el crecimiento se mantiene robusto y la inflación cede, los recortes serán discretos.
Un entorno de tasas moderadas favorece la financiación de proyectos y la refinanciación de deudas. No obstante, por otra parte, la elevada deuda pública y el déficit fiscal, proyectado en 6,5% del PIB, limitarían la capacidad de maniobra del gobierno.
Esta coyuntura invita a las empresas y a los ciudadanos a no confiar en un estímulo fiscal amplio, sino a gestionar sus riesgos de manera autónoma, con liquidez, prudencia y margen de maniobra.
El contexto global: divisas, petróleo y refugios
En el plano internacional, la estabilidad de los equilibrios actuales implicaría un dólar relativamente débil. esta circunstancia podría aliviar las presiones inflacionarias en algunos países emergentes y favorecer sus exportaciones.
El precio del petróleo descendería de manera moderada (5-6 %), proporcionando alivio a las empresas intensivas en energía y a los consumidores. Finalmente, el oro seguiría siendo un refugio seguro en un contexto de incertidumbre.
Estos movimientos, aunque contenidos, funcionan como señales para inversores y compañías: si el entorno no se rompe, la clave no estará en “adivinar” el mercado, sino en ajustar exposición y protegerse de sorpresas.
Un 2026 para consolidar y ajustar (sin grandes apuestas)
Desde la perspectiva de Adolfo del Cueto, si los equilibrios se mantienen, 2026 será un año para consolidar y ajustar, no para grandes apuestas. Recomienda a las empresas fortalecer sus balances, controlar la liquidez y diversificar sus fuentes de ingresos.
Un entorno estable no es sinónimo de inmovilidad, sino de oportunidad para prepararse ante futuros shocks. Las firmas con finanzas sólidas podrán aprovechar oportunidades cuando surjan; aquellas que se endeuden en exceso podrían quedar expuestas a cambios en la política monetaria o a alteraciones inesperadas en los mercados.
Qué implica para las familias
En términos de consumo, este escenario se traduciría en crecimientos salariales modestos. Con la inflación aún por encima de la meta, los salarios reales podrían estancarse, obligando a priorizar gastos y mantener un fondo de emergencia.
La moderación inflacionaria favorecerá a quienes hayan contratado préstamos a tipo fijo, pues la carga real de sus pagos disminuirá con el tiempo. Para quienes tengan créditos a tasa variable, el entorno de tipos moderados puede abrir una ventana para refinanciar y asegurar condiciones más previsibles.
Además, la relación entre inflación y salarios será clave: cuando la inflación supera el 2%, el poder adquisitivo se erosiona si los ingresos no acompañan. En este contexto, la formación y la capacidad de adaptación profesional ganan peso como herramienta defensiva.
Qué implica para las empresas
En el campo de las inversiones corporativas, un entorno de tasas moderadas favorecerá proyectos productivos de largo plazo, especialmente aquellos que aumenten eficiencia y resiliencia. La digitalización de procesos o la incorporación de tecnología que mejore la productividad puede ofrecer retornos atractivos sin depender de un crecimiento extraordinario.
Sin embargo, con un crecimiento global menor, la competencia por el capital se intensificará. Del Cueto sugiere elegir inversiones con retornos claros y plazos razonables, evitando apuestas especulativas vulnerables a un giro inesperado en las condiciones financieras.
Por último, los márgenes corporativos podrían comprimirse si no se consigue trasladar costes a precios finales. Una inflación persistente, aunque moderada, eleva insumos y salarios, así que mantener rentabilidad exigirá eficiencia operativa, productividad y renegociación con proveedores. La experiencia de Bulltick tras la crisis de la burbuja de internet —pivotando hacia nuevos segmentos y diversificando servicios— se plantea como ejemplo de adaptación en entornos exigentes.
Eso sí, el escenario base no elimina los riesgos: choques geopolíticos, tensiones comerciales, disrupciones logísticas o desastres naturales pueden alterar la inflación, el crecimiento y las materias primas. La recomendación final es clara: incorporar contingencias, medir exposición y cubrirse cuando corresponda.
En términos de finanzas públicas, mantener los equilibrios actuales implica que el gobierno no implementará estímulos significativos. Esto limitaría la expansión de grandes programas, y reforzaría una idea que atraviesa todo el análisis: el crecimiento dependerá más del sector privado y de la iniciativa individual que de impulsos externos.
Por ello, la estabilidad invita a una planificación de medio plazo. Familias con metas de ahorro realistas, empresas con estrategias por escenarios e inversores con carteras diversificadas. Del Cueto insiste en que la calma no debe confundirse con complacencia: si 2026 llega sin sobresaltos, será el mejor momento para reforzarse de cara a los ciclos futuros.